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Los niños necesitan ser felices en el aula, no excelentes

En el artículo 3 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, que aborda la educación en el país, se menciona la palabra “excelencia”.

En la administración anterior, de Enrique Peña Nieto, se mencionó que la educación debía ser “de calidad”. La 4T de Andrés Manuel López Obrador detalló que la “Reforma Educativa” de Peña se había abrogado.

De ahí que para el nuevo gobierno el cambio está en una educación de “calidad” a una educación de “excelencia”. La “excelencia” educativa en la 4T es la más fiel muestra de la continuidad de la política educativa neoliberal del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

Muchos analistas, como Hugo Aboites y Lev Barriga, han insistido que la palabra “excelencia” viene del mundo empresarial y de las competencias en el mundo del trabajo.

Ser “excelente” es ser mejor: el más preparado, el más disciplinado, el más obediente, el que saca 10. Puedes ser “excelente” pero eso no te hace feliz. Incluso puede suceder lo contrario.

El alumno excelente es el que se separa del resto pues consigue el éxito en un mundo lleno de competencia.

Para los creadores del concepto, de esencia empresarial, el siglo XXI es el tiempo de las competencias. El mundo ha impedido garantizar la demanda y se encarece la oferta.

Las empresas no tienen vacantes, el mundo es cada vez más competitivo, los países cada vez más globales y tienen los estándares de calidad de los países avanzados y sólo las “personas excelentes” son las que están preparadas para sobrevivir.

La educación pues, está vinculada a contribuir con esta idea de mercado: llenar a los alumnos de conocimientos básicos para desarrollarse en el mundo del trabajo y ser mano de obra explotable exitosa en el mundo empresarial.

La educación debe contribuir a la construcción de un ser humano feliz, no “excelente”.

La educación en México debe fomentar el espíritu de la solidaridad y no el de la competencia, del trabajo colectivo no el del individualismo, de la fraternidad no la del “éxito individual”, de la ayuda mutua no de la rivalidad.

Alumnos críticos, perspicaces, libres, emancipados, contra todo tipo de opresión y explotación: felices, esos son los niños y alumnos que México necesita.

La educación en México debe estar encaminada a la transformación del mundo en medio de la crisis mundial: un sujeto libre, emancipado, crítico, preocupado por el medio ambiente, que acepte la diversidad, solidario, fraterno, constructivo pero sobre todo: felices.

La educación debe fomentar la transformación radical, desde la raíz, de las condiciones materiales de nuestra existencia: debe transformar desde sus cimientos este mundo en el que prima la frivolidad, el individualismo, la competencia y la falta de ayuda mutua.

La educación debe hacer de los alumnos y niños felices la levadura que transformará este mundo neoliberal que está pudriéndose en un nuevo mundo donde todos los seres humanos podamos tener un desarrollo pleno.